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En 2.000 años el cristianismo ha pasado de ser una pequeña comunidad de discípulos reunidos alrededor de un trabajador milagroso, Jesús de Nazaret, a ser una religión mundial con más de 2.000 millones de seguidores.
En sus primeros siglos, el cristianismo consiguió una tasa de crecimiento increíble: se estima que ya tenía unos 30 millones de seguidores en 350 D.C.
Pero las cosas podían haber sido de otra manera. Los académicos creen ahora que decenas, o incluso centenares de profetas y otros maestros fundaron en la antigüedad nuevos movimientos religiosos de distintos tamaños.
La mayor parte de ellos florecieron durante un tiempo y luego desaparecieron, mientras que el cristianismo siguió progresando.
La fe de un emperador
Los historiadores apuntan a un único acontecimiento en el siglo IV como el que marcó el destino del cristianismo: la conversión del emperador romano Constantino.

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El cristianismo pasó de ser una pequeña comunidad de discípulos reunidos alrededor de un trabajador milagroso a una religión de miles de millones.
Convertirse en un movimiento religioso lo suficientemente vigoroso para ser conocido y adoptado por un emperador romano es, sin embargo, un logro poco despreciable.
Para descubrir cómo sucedió esto, tenemos que remontarnos a las primeras décadas del movimiento cristiano, mucho antes de que se convirtiera en una religión mundial.
La muerte de Jesús alrededor del año 30 D.C. no significó el final de sus enseñanzas.

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La conversión del emperador Constantino fue clave para darle una fuerte estructura institucional al cristianismo.
Los seguidores de Jesús lo veían como el hijo de Dios y el Mesías y creían que había resurgido de entre los muertos.
Una fuente proveniente de una generación posterior a su muerte recordaba a Jesús ante sus discípulos y diciéndoles que llevaran sus enseñanzas a todas las naciones del mundo.
Los primeros misioneros cristianos eran maestros errantes que viajaban de comunidad en comunidad.
En los primeros años, los evangelios y otros textos del Nuevo Testamento no habían sido todavía escritos, así que los maestros contaban historias sobre Jesús que les habían llegado por el boca a boca o compartían las inspiraciones que habían obtenido a través de la oración.
¿Pero cómo estos maestros errantes acabaron siendo tantos?
La investigación sociológica moderna sobre movimientos religiosos sugiere que los grupos que consiguen las mayores tasas de crecimiento lo suelen hacer creando "pirámides compartidas": si cada miembro recluta un mínimo de dos miembros adicionales, los números pueden multiplicarse radicalmente.

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Las historias compartidas por el cristianismo son de inspiración, asombro y justificada indignación, justamente aquellas con la fuerza emocional suficiente para hacerse "virales".
El cristianismo probablemente creció de esta forma en los primeros años. Las fuentes existentes nos dicen que las primeras comunidades cristianas llevaban a cabo plegarias comunitarias y comidas en las casas de los miembros de la comunidad.
Es posible que estas reuniones en las casas proporcionaran un ambiente natural para exponer a amigos y familiares al nuevo movimiento.
El mundo romano en el que floreció el cristianismo creció como una sociedad multicultural.
Los comerciantes y artesanos suelen construir redes de confianza basadas en una herencia geográfica, religiosa o étnica común.
Estas redes parecen haber sido un importante vehículo para la difusión del cristianismo. Las mujeres negociantes jugaron un papel importante en estas redes.
La Primavera Árabe se expandió por zonas de Medio Oriente tras la historia de Mohamed Bouazizi: la de un vendedor de fruta asaltado por la policía en Túnez que resonó en las redes sociales.

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La mezcla de ideas compartibles y redes bien desarrolladas ayudó al cristianismo a prosperar.
La tecnología ayuda ahora a la difusión de ideas.
Las investigaciones sugieren que cuando se comparten ideas, suele ser porque son cautivadoras emocionalmente, inspirando compasión o ira, por ejemplo, o un sentido de asombro.
En otros casos, las personas comparten ideas porque creen que será útil.
Sabemos que las primeras comunidades cristianas transmitían historias oralmente; historias que luego se coleccionaban de forma escrita, en el Nuevo Testamento y en otras colecciones tempranas.
Las historias que se preservaron en estas fuentes exhiben frecuentemente justo las características emocionales que podrían hacer que fuesen ampliamente compartidas: historias de inspiración, asombro y justificada indignación, junto con consejos prácticos sobre cómo resolver conflictos y organizar una comunidad.
Aunque no hay un solo factor que pueda explicar la explosión demográfica del cristianismo en los últimos siglos del Imperio Romano, la mezcla de ideas compartibles y redes bien desarrolladas para compartirlas lo puso en una posición ideal para sobrevivir e incluso prosperar.
Al mismo tiempo que el cristianismo nacía, otras se estaban formando. Mientras que muchas no sobrevivieron, dejaron sentir su influencia.
Aquí tres de ellas.

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Mitraísmo: un culto romano compuesto sólo de hombres que adoraban al dios Mitras, quien se cree nació el 25 de diciembre, unos 600 años antes que Jesucristo. Se cree que declinó frente al crecimiento del cristianismo.
Maniqueísmo: fundado en el siglo III por el profeta iraní Mani. Como en el cristianismo, el bien y el mal eran sus temas centrales. Sus seguidores fueron perseguidos en Roma y en China, hasta que la religión desapareció.
Culto a Isis: la antigua diosa egipcia Isis y su hijo Horus comparten la misma historia que la Virgen María. Su culto existió hasta que el emperador romano Justiniano lo prohibió.
El fútbol no solo ha servido a los intereses de autócratas y
políticos de todo pelaje, sino que también ha desatado guerras y conflictos
diplomáticos y étnicos. En el lado opuesto, ha sido utilizado como un arma
simbólica por los de abajo. Hay quienes han organizado partidos para solventar
movimientos de resistencia, como los vascos durante la Guerra Civil española, o
se han valido de las masivas asistencias a los estadios para organizar
rebeliones civiles, como en Libia. Este deporte también ha servido para
denunciar el racismo y para pronunciarse contra el ‘apartheid’ y la exclusión
de la mujer. Es como si en ese paréntesis de 90 minutos hubiera espacio para
todo, para lo mejor y lo peor de la especie humana.
Fue el buen Jorge Valdano quien dijo que el fútbol era “lo
más importante de las cosas menos importantes”. A estas alturas del partido,
esta frase puede parecer ingenua: cada vez queda más claro que el fútbol es
todo, menos un juego.
Para un dictador, ganar la Copa del Mundo puede ser una
cuestión de vida o muerte. Así lo entendió Benito Mussolini en 1934. En esa
Italia de entreguerras, dada a la locura del nacionalismo, él quería demostrar
que el fascismo era una doctrina superior. Y qué mejor forma de hacerlo que con
el fútbol. Por eso organizó el segundo Mundial a su imagen y semejanza.
Financió los gastos de las 16 selecciones (la Fifa estaba en pañales) y llevó a
los ‘azzurri’ a la final en medio de partidos amañados, arengas y amenazas. De
esa época es conocido el diálogo entre Mussolini y el general Vaccaro,
presidente de la Federación Italiana, en el que el Duce le dice: “Debemos
conquistar este campeonato”. A lo que Vaccaro respondió que haría todo lo
posible. “No me ha entendido, Vaccaro. Es una orden”, le replicó el mandatario.
Y la orden se cumplió. Italia despachó a sus rivales en medio de partidos
caracterizados por el juego violento de los locales e injustificables fallos
arbitrales. Las postales de la selección italiana de aquellas jornadas son
evidentes: 11 estatuas paradas en el centro del campo con el brazo derecho
extendido y la palma de la mano en alto. El saludo fascista como símbolo de
victoria.
El fútbol era “lo más importante de las cosas menos
importantes”. A estas alturas del partido, esta frase puede parecer ingenua:
cada vez queda más claro que el fútbol es todo, menos un juego
Adolfo Hitler, aliado de Mussolini, también utilizó el fútbol como propaganda para demostrar aquella insania de la superioridad aria. El Führer no tuvo que conquistar mundiales: organizó los Olímpicos de 1936 para poner en vitrina el deporte alemán. Más adelante, cuando se apoderó de la mitad de Europa, envió a la muerte a cualquiera que desafiara a sus atletas.
La historia tiene rasgos de leyenda. O al menos existen dos
versiones: en 1942, en la Ucrania invadida por los nazis, se realizó un partido
entre un equipo local, el Start, y un combinado alemán. “Si ganan, mueren”, les
advirtieron a los maltrechos jugadores ucranianos. “Entraron resignados a
perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas
de ser dignos. Los 11 fueron fusilados, con las camisetas puestas, cuando
terminó el partido”, evoca Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’. Este
hecho, conocido como el ‘partido de la muerte’, se reprodujo en documentales y
películas. Sin embargo, después de diversas investigaciones, se han revelado
acontecimientos insospechados.
La periodista Ana Lázaro entrevistó en el 2012, en Kiev, a
Vladlen Putistin, hijo de uno de esos ucranianos. Según su relato, ese día no
hubo amenazas y el partido fue muy intenso. Incluso le mostró una foto de los
jugadores de ambos equipos “mezclados y sonrientes” después del juego. Putistin
aseguró que esa noche celebraron el triunfo y que se realizaron partidos
posteriores, en los que siempre ganó el equipo ucraniano.
Pero nueve días después del encuentro, el 18 de agosto de
1942, llegó la Gestapo. Sacó de sus casas a los jugadores y se los llevó, bajo
la acusación de que eran comunistas. Cuatro de ellos fueron fusilados y el
resto, repartidos en campos de concentración, donde otros tres fallecieron.
Esto lo corrobora el escritor Juan Villoro, quien dice que ucranianos y
alemanes se enfrentaron dos veces y que, pese a que el árbitro era nazi,
siempre ganaron los primeros.
Villoro comenta que la gran jugada del ‘partido de la
muerte’ no fue un gol, sino una acción de Alexei Klimenko, que sorteó a toda la
defensa alemana, llegó a la línea de meta, miró victorioso a la tribuna y
devolvió la pelota al centro del campo. “Demostró a sus verdugos que era mejor
que ellos: los perdonó”, escribe el mexicano. Nunca se sabrá si eso enfureció
más a los nazis. Lo real es que Klimenko fue ajusticiado días después.
“El fútbol y la política son dos cosas indisociables”, dice
Jorge Illa, quien enseña el curso de política y deporte en la Universidad
Peruana de Ciencias Aplicadas. “El fútbol se encuentra dentro de lo que Joseph
Nye llamó el ‘soft power’, ese poder blando que usan ciertos Estados para ejercer
presión sobre otros, valiéndose de elementos culturales e ideológicos”,
comenta.
Y qué mejor hechizo que un equipo de fútbol. Un buen alumno
de los dictadores de la Segunda Guerra fue el general Jorge Rafael Videla,
quien hizo de la Copa de 1978 un espectáculo destinado a contrarrestar las
campañas de las organizaciones de derechos humanos contra las desapariciones,
las torturas y los asesinatos cometidos por la Junta Militar argentina. Sobre
este tema se han hecho libros, documentales y películas. Lo macabro del asunto
es que el centro de detenciones, la siniestra Esma (Escuela Mecánica de la
Armada), quedaba cerca del Monumental, el estadio en el que Argentina salió
campeón. No es irreal pensar que los prisioneros podían escuchar a los hinchas.
La gran jugada del partido no fue un gol, sino una acción de
Klimenko, que sorteó a toda la defensa alemana, llegó a la línea, miró
victorioso a la tribuna y devolvió la pelota al centro del campo
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En 1986, pocos argentinos recordaban estos hechos cuando la
selección de Maradona se enfrentó al equipo inglés en los cuartos de final del
Mundial de México. Los argentinos habían perdido la guerra de las Malvinas con
Gran Bretaña y ese partido olía a revancha. El 10 argentino se elevó sobre el
arquero Shilton e introdujo la pelota en el arco con la mano. El árbitro
tunecino Ali Bin Nasser validó el gol. Para los hinchas rioplatenses fue “la
mano de Dios”. Cuatro minutos después, en una carrera apoteósica, el genio de
Villa Fiorito eludió rivales sin tregua hasta alcanzar la victoria final. La
afrenta había sido vengada.
De Trump a Xi Jinping
Ningún político escapa a la obsesión de que su país sea sede
de un mundial. Lo añora Trump, que hace poco dijo que “tomaría nota” de las
federaciones que no lo apoyaran en su sueño de realizar el campeonato del 2026
junto con México y Canadá. Al final, los votos le dieron la razón. Lo quiere
también el líder chino, Xi Jinping, quien está invirtiendo cantidades
astronómicas para desarrollar el fútbol en su país.
Bruno Rivas, autor de ‘Guía política del Mundial de Fútbol
Rusia 2018’, dice que lo que busca la Fifa con la elección de las últimas sedes
mundialistas es ampliar los mercados del fútbol. “Es muy paradójico
–reflexiona– que el primer Mundial posterior a la Guerra Fría, el de 1994, se
haya realizado en Estados Unidos, en tiempos en que se expandía el
neoliberalismo. Ahora sucede lo opuesto: se juega en Rusia en un momento en que
resurgen los nacionalismos”.
La más controvertida elección de los últimos tiempos es la
de Catar. “La excusa de Blatter (el anterior presidente de la Fifa, envuelto en
problemas de corrupción) fue que los árabes necesitaban un representante, pero
lo que había detrás era un gran negocio. Se habló del pago de grandes sumas por
los derechos de transmisión”, añade Rivas.
Sin embargo, lo atractivo del fútbol es que nunca se sabe cómo terminará el partido. Mussolini acabó colgado por la multitud. En el caso de Videla, el Mundial visibilizó a sus víctimas. A veces el fútbol cobra revancha.
Pero el Muro de Berlín no solo dividía a esta ciudad: dividía a toda Europa y era el símbolo de un mundo bipolar en el que dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, eran los polos de influencia.
Su caída posibilitó la reunificación alemana y fue precursora de la desaparición de la Unión Soviética y del final de la Guerra Fría.
Pero antes de analizar el impacto que tuvieron en el mundo los hechos ocurridos el 9 de noviembre de 1989, ¿por qué existía este muro en el corazón de Europa?
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania se rindió ante los Aliados, un grupo de países occidentales, incluidos Reino Unido, Estados Unidos, Francia y la Unión Soviética.
El país quedó dividido en cuatro zonas de ocupación, bajo influencia de cada una de esas potencias.
Berlín estaba en la zona soviética, pero como era la capital de Alemania se decidió que también se dividiría en cuatro áreas, una controlada por cada uno de los cuatro países.

Pronto se hizo evidente que la Unión Soviética tenía ideas muy diferentes a las demás acerca de cómo debería funcionar su sección.
Para 1949, Alemania se había convertido en dos países separados: la República Federal de Alemania (Alemania Occidental), siguiendo el modelo capitalista de Reino Unido, Estados Unidos y Francia y la comunista República Democrática Alemana (Alemania Oriental), en la órbita de la Unión Soviética, con un sistema de partido único y economía planificada.
En Alemania Occidental había libertad de movimiento y la gente podría expresar libremente sus opiniones.
Alemania Oriental tenía reglas más estrictas sobre cómo deberían comportarse las personas y una policía secreta, la Stasi, que supervisaba lo que hacían.

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Berlín fue dividida en cuatro sectores al final de la II Guerra Mundial.
A medida que pasaban los años, miles de personas al día escapaban del Este hacia el Oeste.
En esa época, medio millón de personas pasaba cada día la frontera en ambas direcciones y de esta manera, podían comparar las condiciones de vida de ambos lados.
Se estima que entre 1949 y 1961, alrededor de 2,7 millones de personas abandonaron la RDA y Berlín Oriental, según la página web oficial del Muro de Berlín. Aproximadamente la mitad de esa corriente migratoria estaba compuesta por gente joven de menos de 25 años.
Solamente en el año 1960, alrededor de 200.000 personas se mudaron de forma definitiva al Oeste.
En 1961, las autoridades comunistas ordenaron que se construyera un muro que dividiera el este y el oeste de Berlín para evitar que la gente cruzara de un lado al otro.
Muchas personas se despertaron y descubrieron que habían quedado atrapadas, en muchas ocasiones separadas de sus amigos y familiares en Occidente.

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Rollos de alambre de púas se levantaron sorpresivamente la noche del 13 de agosto de 1961, dividiendo la ciudad en dos y separando a amigos y familias.
En los días siguientes, las autoridades de Alemania del Este comenzaron a sustituir los rollos de alambre por una estructura más permanente de bloques de cemento y losas de hormigón: el Muro de Berlín propiamente dicho.
Calles, plazas y casas quedaron divididas por la construcción del Muro, que también interrumpió el transporte urbano y se fue ampliando hasta llegar a los 155 kilómetros.
El muro que transcurría por el centro de la ciudad y que separaba Berlín Oriental de Berlín Occidental tenía una longitud de 43 kilómetros y 8 pasos fronterizos en total.

Las instalaciones fronterizas que separaban Berlín Occidental del resto de la RDA, tenían 112 kilómetros.

También se siguió perfeccionando el sistema de control fronterizo: había dos muros, uno interno y otro externo, vallas electrificadas, torres de vigilancia, perros guardianes, una zanja antivehículos y miles de policías y soldados que podían disparar a quién osase cruzar la fortificación.

Aunque es difícil concretar una cifra, según la página del Muro de Berlín al menos 140 personas murieron en el Muro de Berlín entre 1961 y 1989 al intentar huir. Por su parte, un estudio de la Universidad Libre de Berlín de 2017 sitúa esa cifra en 262.
Aunque parezca que el Muro de Berlín cayó de un día para otro, en realidad puede considerarse la culminación de un proceso.
En todo el bloque soviético soplaban vientos de cambio y para Carmen Claudín, investigadora especializada en historia rusa y soviética del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) —un think tank con sede en Barcelona y especializado en asuntos internacionales— esos vientos tenían su origen en Moscú.
"La caída del Muro no hubiera sido posible sin las políticas de (Mijaíl) Gorbachov en la URSS", dice la experta.
En marzo 1985, Gorbachov se convirtió en secretario general del Partido Comunista, lanzando un dramático programa de reformas.
Su política conocida como "Glasnost" (apertura, transparencia) consistía en eliminar las prácticas de la represión estalinista y darles más libertades a los ciudadanos soviético, que vieron como presos políticos eran liberados y los periódicos publicaban artículos críticos hacia el gobierno.
Estas políticas se dejaron sentir no solo en la URSS, sino también en algunos de los países satélites de la Unión Soviética en Europa.

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Calles, plazas y casas quedaron divididas por la construcción del Muro.
El mismo año de la caída del Muro, en junio de 1989, en Polonia el movimiento sindical no comunista Solidaridad de Lech Valesa logró que se celebraran las primeras elecciones parcialmente libres en décadas.
Hungría abrió completamente sus fronteras y miles de "turistas" de Alemania del Este llegaron ese verano al país vecino en busca de una forma de cruzar a Austria. El éxodo se convirtió en una marea humana.
Pero Erich Honecker, el líder comunista de la RDA, se resistía a las reformas.
"¡Gorbi, Gorbi!" se convirtió en un grito popular entre los alemanes orientales hambrientos de reformas al estilo de Gorbachov.
El líder soviético visitó Berlín Oriental para el 40 aniversario de la RDA, el 7 de octubre, e instó a Honecker a lanzar reformas, afirmando que "la vida castiga a los que llegan demasiado tarde".
El 9 de octubre, una multitud sin precedentes de 70.000 personas se manifestó pacíficamente en el centro de Leipzig exigiendo libertad. Por primera vez se atrevieron a pasar por la temida sede de la Stasi. "¡Wir sind das Volk!", cantaban ("¡Somos el pueblo!").

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70.000 personas se manifestaron ante la sede de la Stasi en Leipzig el 9 de octubre de 1989.
Una semana después, más de 100.000 personas abarrotaron de nuevo el centro de Leipzig y las protestas pronto se extendieron por toda Alemania Oriental.
Ya era demasiado tarde para Honecker, quien renunció el 18 de octubre y fue sustituido por Egon Krenz.
Unos días antes de la apertura del Muro, el 4 de noviembre, otros cientos de miles de personas se manifestaron en Alexanderplatz, en Berlín oriental, pidiendo una reforma democrática, en la que fue una de las movilizaciones más importantes de la RDA.

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Manifestación en demanda de cambios en la RDA realizada en Alexanderplatz en noviembre de 1989.
Como parte de estas protestas, los alemanes del Este comenzaron a exigir que se les permitiera cruzar a Alemania Occidental y para el gobierno comunista fue cada vez más difícil detener esos llamados.
El 9 de noviembre, el anuncio de un alto funcionario de Alemania Oriental precipitó la caída del Muro.
Guenter Schabowski, portavoz del gobierno de la RDA, anunció en una conferencia de prensa que las restricciones de viaje para los ciudadanos del este se levantarían de inmediato.

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Guenter Schabowski, durante la rueda de prensa en la que hizo el anuncio.
Los funcionarios tenían la intención de introducir los cambios al día siguiente, pero cuando se le preguntó en la conferencia, Schabowski dijo: "Esto ocurre, que yo sepa... inmediatamente... sin demora".
Dichas palabras provocaron que miles de personas se fueran hacia el Muro, exigiendo a los guardias que abrieran las puertas.
Los guardias del paso fronterizo de Bornholmer dejaron pasar a los primeros ciudadanos de la RDA hacia Berlín Occidental a partir de las 21:20.
Miles de personas cruzaron en las siguientes horas a Alemania Occidental, algunas por primera vez en sus vidas, provocando la rápida caída del muro.

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Miles de personas cruzaron la noche del 9 de noviembre a Alemania Occidental, algunas por primera vez en sus vidas.
"La caída del Muro es la culminación de todo ese proceso (de reformas de Gorbachov)", explica Claudín. "Se consigue llegar al muro porque la policía, la maquinaría de la RDA está en descomposición, y ya no reacciona como lo hacía antes. La gente sabe que no les van a disparar y se tira contra el Muro".
Y mientras una multitud eufórica de alemanes del este cruzaba la frontera abierta, cientos de personas de Alemania Occidental los esperaban y celebraban el momento histórico.
"La gente sintió alegría y una feliz sensación de conmoción, de que algo que pensaban que nunca sucedería o que al menos nunca sucedería en su vida, repentinamente pasó de la noche a la mañana pacíficamente. Y eso hizo que la gente pensara que todo es posible", le explica a BBC Mundo Hope Harrison profesora de Historia y Relaciones Internacionales en la Universidad estadounidense George Washington y autora de "After the Wall: Memory and the Making of the New Germany, 1989 to the Present".
Pero no para todos fue una noche de celebración. Krenz, el que sería el último líder comunista de la RDA, dijo en una entrevista con la BBC que esa fue "la peor noche de mi vida".
Aunque el impacto inmediato de la caída del Muro de Berlín fue evidente para los alemanes del este, las consecuencias de este hecho histórico van mucho más allá.
Una vez que cayó el Muro, todo aquello que los alemanes orientales anhelaban de sus vecinos del occidentales -la televisión a color, abundantes bienes de consumo, ciertos lujos…- empezó a llenar las grises y llenas de escasez calles de la RDA.

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Berlineses del este cruzando la frontera tras la caída del Muro.
Muchos lo calificaron como milagro ya que esta revolución pacífica de 1989 llevó a desaparición de Alemania Oriental en menos de un año.
El entonces líder de Alemania Occidental, Helmut Kohl, inició las negociaciones que conducirían a la rápida reunificación del país.
Kohl convenció a Gorbachov de retirarse de Alemania Oriental. Los 350.000 soldados soviéticos estacionados en el Este fueron enviados a casa.

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Mijail Gorbachov y Hermut Kohl.
Los gastos fueron pagados por el gobierno de Alemania Occidental, que también insufló grandes sumas de dinero para reactivar económicamente la parte Este.
Incluso antes de la reunificación, Alemania del Este ya había cambiado su moneda por el marco de Alemania occidental.
El 3 de octubre de 1990 la reunificación se hizo realidad y ese día dejó de existir formalmente la RDA.
Sin embargo, pese a que Alemania es hoy en día uno de los países más ricos del mundo y motor económico de Europa, las diferencias entre este y oeste son aún visibles en términos económicos y sociales.
"La caída del Muro es la precursora de la desaparición de la Unión Soviética y del final de la Guerra Fría", le dice a BBC Mundo Jordi Quero, también investigador del CIDOB.
"En Europa cae el muro, y primero se unifica Alemania, después llega la caída de los regímenes soviéticos de la Europa del este y, más tarde, se inicia el proceso de ampliación de la UE más allá de la Europa occidental".
En las semanas posteriores a la caída del Muro de Berlín, en Checoslovaquia la "Revolución de Terciopelo" depuso al gobierno comunista.

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Vaclav Havel, el mentor de la Revolución de Terciopelo, se dirige a los manifestantes pro democracia en Praga, en diciembre de 1989.
En Rumania el levantamiento fue violento y el líder comunista Nicolae Ceaucescu y su esposa fueron fusilados.
Poco después fue la propia URSS la que se desintegró. Entre 1990 y 1991 las distintas repúblicas que componían el bloque fueron rompiendo con Moscú. En diciembre de 1991 la Unión Soviética, la otrora gran superpotencia, fue oficialmente disuelta.
"La caída del Muro lo que anunciaba era la caída de la gran Cortina de Hierro", le dijo a BBC Mundo Dámaso Morales, coordinador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). "Lo que anunciaba era la nueva reconfiguración de Europa".
Aunque habrá que esperar hasta la disolución de la URSS, la caída del Muro representó "simbólicamente" el final de la Guerra Fría, "porque había sido el símbolo de la Guerra Fría y de cómo las dos partes se atrincheraban", explica la profesora Harrison.
"Si bien hubo otras cosas que también fueron muy importantes, en particular las reformas de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, así como (el sindicato) Solidaridad en Polonia, no hay duda de que para muchas personas todo se encapsuló en la caída del Muro de Berlín".

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Mijail Gorbachov y Erich Honecker, en Berlín oriental en 1989.
Al desaparecer el bloque soviético desaparece también el orden bipolar que había dominado el mundo desde el final de la II Guerra Mundial y cambian profundamente las relaciones internacionales que pasan a articularse en torno a un solo polo: Estados Unidos.
"La Unión Soviética había perdido la Guerra Fría y el mundo se convirtió, por un tiempo, en un mundo unipolar liderado por Estados Unidos", dice Harrison.
"Cuando cae el muro, EE.UU. entiende que su sistema político y económico había sido capaz de vencer al contrario y eso confirmaba la validez, la superioridad del modelo", coincide Quero.
En ese sentido, se empiezan una serie de acciones para fomentar los sistemas democráticos, explica Quero, que van desde los préstamos a través de organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial hasta intervenciones militares, que en muchos casos han resultado infructuosas, como la de Somalia, Haití o las invasiones de Afganistán en 2001 e Iraq en 2003.
Todo este proceso de cambio se da en el contexto de las políticas económicas liberales lideradas por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido.
En ese sentido, la caída del Muro de Berlín simbólicamente representa "el gran triunfo del liberalismo", dice Morales.
Y eso, según el profesor de la UNAM, tuvo efectos particularmente importantes en América Latina.

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La caída del Muro de Berlín simbólicamente representa "el gran triunfo del liberalismo".
"Asistimos al fortalecimiento de los regímenes liberales que llegaron a América Latina en esa época, en los años 80, que se fortalecieron como modelos económicos, políticos y, por supuesto, ideológicos, y que guiaron las naciones de América Latina por varios años".
"Algunos países centroamericanos, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, México… todos llevaron a cabo políticas de adelgazamiento del Estado".
Pero si hay un punto en la región donde se notaron sobremanera las consecuencias de la caída del Muro y, en última instancia, de la descomposición del bloque soviético, ese fue Cuba.
En ese momento, Cuba depende del dinero que llega de la Unión Soviética, y esa fuente de ingresos desaparece
"Se había generado la idea de que la URSS era como el gran padre y Cuba se quedó huérfana", dice Morales.
El Muro de Berlín cayó hace 30 años, pero algunos de los ecos de la Guerra Fría siguen presentes hoy en día, señala el experto, como lo demuestra que la mayoría de los ejercicios militares de la OTAN se llevan a cabo en Europa del Este, en la frontera con Rusia.