Un dictador le hace llegar un telegrama al capitán de la selección de fútbol de su país con una indicación: “Vencer o morir”. No es una metáfora. Otro mandó arrestar, torturar y fusilar a un grupo de jugadores después de un partido porque se atrevieron a derrotar a los suyos. Un tercero envió al destierro y a trabajos forzados en un gulag al presidente de un club que no se había alineado con su “política deportiva”. Y un general de un país latinoamericano se gastó lo que no tenía para organizar un mundial, con el que pretendía lavar la cara de un régimen acusado de desaparecer disidentes.
El fútbol no solo ha servido a los intereses de autócratas y
políticos de todo pelaje, sino que también ha desatado guerras y conflictos
diplomáticos y étnicos. En el lado opuesto, ha sido utilizado como un arma
simbólica por los de abajo. Hay quienes han organizado partidos para solventar
movimientos de resistencia, como los vascos durante la Guerra Civil española, o
se han valido de las masivas asistencias a los estadios para organizar
rebeliones civiles, como en Libia. Este deporte también ha servido para
denunciar el racismo y para pronunciarse contra el ‘apartheid’ y la exclusión
de la mujer. Es como si en ese paréntesis de 90 minutos hubiera espacio para
todo, para lo mejor y lo peor de la especie humana.
Fue el buen Jorge Valdano quien dijo que el fútbol era “lo
más importante de las cosas menos importantes”. A estas alturas del partido,
esta frase puede parecer ingenua: cada vez queda más claro que el fútbol es
todo, menos un juego.
Para un dictador, ganar la Copa del Mundo puede ser una
cuestión de vida o muerte. Así lo entendió Benito Mussolini en 1934. En esa
Italia de entreguerras, dada a la locura del nacionalismo, él quería demostrar
que el fascismo era una doctrina superior. Y qué mejor forma de hacerlo que con
el fútbol. Por eso organizó el segundo Mundial a su imagen y semejanza.
Financió los gastos de las 16 selecciones (la Fifa estaba en pañales) y llevó a
los ‘azzurri’ a la final en medio de partidos amañados, arengas y amenazas. De
esa época es conocido el diálogo entre Mussolini y el general Vaccaro,
presidente de la Federación Italiana, en el que el Duce le dice: “Debemos
conquistar este campeonato”. A lo que Vaccaro respondió que haría todo lo
posible. “No me ha entendido, Vaccaro. Es una orden”, le replicó el mandatario.
Y la orden se cumplió. Italia despachó a sus rivales en medio de partidos
caracterizados por el juego violento de los locales e injustificables fallos
arbitrales. Las postales de la selección italiana de aquellas jornadas son
evidentes: 11 estatuas paradas en el centro del campo con el brazo derecho
extendido y la palma de la mano en alto. El saludo fascista como símbolo de
victoria.
El fútbol era “lo más importante de las cosas menos
importantes”. A estas alturas del partido, esta frase puede parecer ingenua:
cada vez queda más claro que el fútbol es todo, menos un juego
Adolfo Hitler, aliado de Mussolini, también utilizó el fútbol como propaganda para demostrar aquella insania de la superioridad aria. El Führer no tuvo que conquistar mundiales: organizó los Olímpicos de 1936 para poner en vitrina el deporte alemán. Más adelante, cuando se apoderó de la mitad de Europa, envió a la muerte a cualquiera que desafiara a sus atletas.
La historia tiene rasgos de leyenda. O al menos existen dos
versiones: en 1942, en la Ucrania invadida por los nazis, se realizó un partido
entre un equipo local, el Start, y un combinado alemán. “Si ganan, mueren”, les
advirtieron a los maltrechos jugadores ucranianos. “Entraron resignados a
perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas
de ser dignos. Los 11 fueron fusilados, con las camisetas puestas, cuando
terminó el partido”, evoca Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’. Este
hecho, conocido como el ‘partido de la muerte’, se reprodujo en documentales y
películas. Sin embargo, después de diversas investigaciones, se han revelado
acontecimientos insospechados.
La periodista Ana Lázaro entrevistó en el 2012, en Kiev, a
Vladlen Putistin, hijo de uno de esos ucranianos. Según su relato, ese día no
hubo amenazas y el partido fue muy intenso. Incluso le mostró una foto de los
jugadores de ambos equipos “mezclados y sonrientes” después del juego. Putistin
aseguró que esa noche celebraron el triunfo y que se realizaron partidos
posteriores, en los que siempre ganó el equipo ucraniano.
Pero nueve días después del encuentro, el 18 de agosto de
1942, llegó la Gestapo. Sacó de sus casas a los jugadores y se los llevó, bajo
la acusación de que eran comunistas. Cuatro de ellos fueron fusilados y el
resto, repartidos en campos de concentración, donde otros tres fallecieron.
Esto lo corrobora el escritor Juan Villoro, quien dice que ucranianos y
alemanes se enfrentaron dos veces y que, pese a que el árbitro era nazi,
siempre ganaron los primeros.
Villoro comenta que la gran jugada del ‘partido de la
muerte’ no fue un gol, sino una acción de Alexei Klimenko, que sorteó a toda la
defensa alemana, llegó a la línea de meta, miró victorioso a la tribuna y
devolvió la pelota al centro del campo. “Demostró a sus verdugos que era mejor
que ellos: los perdonó”, escribe el mexicano. Nunca se sabrá si eso enfureció
más a los nazis. Lo real es que Klimenko fue ajusticiado días después.
“El fútbol y la política son dos cosas indisociables”, dice
Jorge Illa, quien enseña el curso de política y deporte en la Universidad
Peruana de Ciencias Aplicadas. “El fútbol se encuentra dentro de lo que Joseph
Nye llamó el ‘soft power’, ese poder blando que usan ciertos Estados para ejercer
presión sobre otros, valiéndose de elementos culturales e ideológicos”,
comenta.
Y qué mejor hechizo que un equipo de fútbol. Un buen alumno
de los dictadores de la Segunda Guerra fue el general Jorge Rafael Videla,
quien hizo de la Copa de 1978 un espectáculo destinado a contrarrestar las
campañas de las organizaciones de derechos humanos contra las desapariciones,
las torturas y los asesinatos cometidos por la Junta Militar argentina. Sobre
este tema se han hecho libros, documentales y películas. Lo macabro del asunto
es que el centro de detenciones, la siniestra Esma (Escuela Mecánica de la
Armada), quedaba cerca del Monumental, el estadio en el que Argentina salió
campeón. No es irreal pensar que los prisioneros podían escuchar a los hinchas.
La gran jugada del partido no fue un gol, sino una acción de
Klimenko, que sorteó a toda la defensa alemana, llegó a la línea, miró
victorioso a la tribuna y devolvió la pelota al centro del campo
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En 1986, pocos argentinos recordaban estos hechos cuando la
selección de Maradona se enfrentó al equipo inglés en los cuartos de final del
Mundial de México. Los argentinos habían perdido la guerra de las Malvinas con
Gran Bretaña y ese partido olía a revancha. El 10 argentino se elevó sobre el
arquero Shilton e introdujo la pelota en el arco con la mano. El árbitro
tunecino Ali Bin Nasser validó el gol. Para los hinchas rioplatenses fue “la
mano de Dios”. Cuatro minutos después, en una carrera apoteósica, el genio de
Villa Fiorito eludió rivales sin tregua hasta alcanzar la victoria final. La
afrenta había sido vengada.
De Trump a Xi Jinping
Ningún político escapa a la obsesión de que su país sea sede
de un mundial. Lo añora Trump, que hace poco dijo que “tomaría nota” de las
federaciones que no lo apoyaran en su sueño de realizar el campeonato del 2026
junto con México y Canadá. Al final, los votos le dieron la razón. Lo quiere
también el líder chino, Xi Jinping, quien está invirtiendo cantidades
astronómicas para desarrollar el fútbol en su país.
Bruno Rivas, autor de ‘Guía política del Mundial de Fútbol
Rusia 2018’, dice que lo que busca la Fifa con la elección de las últimas sedes
mundialistas es ampliar los mercados del fútbol. “Es muy paradójico
–reflexiona– que el primer Mundial posterior a la Guerra Fría, el de 1994, se
haya realizado en Estados Unidos, en tiempos en que se expandía el
neoliberalismo. Ahora sucede lo opuesto: se juega en Rusia en un momento en que
resurgen los nacionalismos”.
La más controvertida elección de los últimos tiempos es la
de Catar. “La excusa de Blatter (el anterior presidente de la Fifa, envuelto en
problemas de corrupción) fue que los árabes necesitaban un representante, pero
lo que había detrás era un gran negocio. Se habló del pago de grandes sumas por
los derechos de transmisión”, añade Rivas.
Sin embargo, lo atractivo del fútbol es que nunca se sabe cómo terminará el partido. Mussolini acabó colgado por la multitud. En el caso de Videla, el Mundial visibilizó a sus víctimas. A veces el fútbol cobra revancha.

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